jueves, 21 de octubre de 2010

El porvenir de los libros según Umberto Eco y Robert Darnton - PATRICIO TAPIA

(Artículo publicado en el sitio: http://blogs.elmercurio.com/cultura/2010/10/17/el-porvenir-de-los-libros-segu.asp y fechado el Domingo 17 de Octubre de 2010)

El porvenir de los libros según Umberto Eco y Robert Darnton por Patricio Tapia

De los diversos instrumentos del hombre —decía Borges, en una conferencia de 1978— el más asombroso es, sin duda, el libro”. Los demás, señalaba, son extensiones del cuerpo: el microscopio o el telescopio, de la vista; el teléfono, de la voz; el arado o la espada, del brazo. Pero el libro es otra cosa: es una extensión de la memoria y de la imaginación. Agregaba que alguna vez había pensado escribir una historia del libro, precisando que su preocupación no era por los objetos materiales: “No me interesan los libros físicamente (sobre todo los libros de los bibliófilos, que suelen ser desmesurados), sino las diversas valoraciones que el libro ha recibido”.
Si en la tensión entre la inmaterialidad y la materialidad de los libros, Borges parecía optar por la primera (aunque en otras ocasiones evocó volúmenes de manera tan concreta, que cuesta creerle), sería factible imaginarlo defendiendo las bondades del ciberespacio, especialmente ante la posibilidad de realizar el sueño de la biblioteca universal. Pues el proyecto de Google de digitalizar y poner en la internet millones de libros es algo parecido. Pero el “entorno digital”, en realidad, ha provocado menos optimismo que pesimismo en lo que a los libros se refiere y “soportes” como el libro digital han llevado a vaticinar la muerte del libro tal como lo conocemos.

La máquina perfecta
Con anterioridad a su eventual desaparición, dos libros se han ocupado de esas extensiones de la memoria y la imaginación. En uno, “The Case for Books”, el historiador Robert Darnton recoge una serie de ensayos para completar “un libro sobre libros, una desvergonzada apología de la palabra impresa, pasada, presente y futura” y “una argumentación sobre el lugar de los libros en el entorno digital”. En el otro, “Nadie acabará con los libros”, el periodista Jean-Philippe de Tonnac conversa con el semiólogo y novelista Umberto Eco y con el dramaturgo y guionista (colaborador de Buñuel) Jean-Claude Carrière sobre las venturas y desventuras del libro: ambos entrevistados son bibliófilos, coleccionistas de libros antiguos y raros.
Para Eco y Carrière el libro como lo conocemos, el codex —con páginas que se hojean frente al rollo que se va desenrollando— sería tecnológicamente insuperable. Eco afirma que la internet ha obligado a volver a leer, pero el soporte no puede ser únicamente la pantalla: dos horas leyendo una novela allí y “los ojos se convertirán en dos pelotas de tenis” y concluye: “Las variaciones en torno al objeto libro no han modificado su función, ni su sintaxis, desde hace más de quinientos años. El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor”. Carrière, por su parte, recuerda que las nuevas tecnologías tienen un vertiginoso ritmo de innovación y una rápida obsolescencia. No hay nada más efímero que los “soportes duraderos”, sostiene, que obligan a coleccionar lo que la tecnología desplaza: para leerlos deben conservarse los antiguos lectores. Y saca un libro incunable: “Aún podemos leer un texto impreso hace seis siglos. Pero ya no podemos ver un cinta de vídeo o un CD-ROM de hace apenas algunos años”.
Pero el encanto de las conversaciones de Eco y Carrière está menos en ese tipo de reflexiones (y las posteriores sobre la censura y la destrucción de libros) que en los frecuentes desvíos de sus argumentaciones. Esto es, en las digresiones sobre todo tipo de temas —la alimentación de los cantantes, la orientación de las cámaras en el cine, la conquista de México, la biblioteca de Tombuctú, los quipus incas— o en las anécdotas e historias que surgen al pasar: desde los libros en la antigua Roma o los autores que aman, sus amistades (como el coleccionista brasileño José Mindlin) hasta cómo se interesaron por los libros, qué libro les gustaría tener (Eco, una “Biblia” de Gutenberg; Carrière, un códice maya desconocido), qué pasará con sus colecciones una vez muertos.

Coleccionistas
El tema de sus colecciones, cómo las formaron y qué es lo que más valoran en ellas, encierra algunos de los mejores momentos. Carrière valora sus colecciones de “El viaje a Persia”, desde el siglo XVIII. La colección de Eco, según él, es una Bibliotheca semiologica curiosa magica et pneumatica, o en otras palabras, una colección dedicada al saber oculto y al saber falso. “Tengo a Ptolomeo, que se equivocaba sobre el movimiento de la Tierra, pero no tengo a Galileo, que tenía razón”. Como a Carrière también le interesa el tema de la estupidez (ha escrito un diccionario de ella), es un asunto del que hablan bastante: Eco refiere una serie de lingüistas locos con teorías sobre el origen del lenguaje, o alguien que en el siglo XX publicó un libro de 1.500 páginas con su correspondencia con Einstein y Pío XII: sólo contiene las cartas enviadas, pues nunca le respondieron. A eco la falta un libro de Athanasius Kircher y Carrière lo presenta: el jesuita alemán del siglo XVII que escribió 30 libros sobre matemáticas, astronomía, música, acústica, arqueología, medicina, una enciclopedia sobre China, pero que además fue el inventor teórico del cine (en una obra suya está la primera representación de un ojo que mira imágenes móviles a través de un disco giratorio), imaginó una orquesta de gatos (tirándoles la cola) y una máquina para limpiar volcanes.

Darnton y el proyecto Google
El libro de Robert Darnton tiene otra perspectiva. En uno de sus ensayos señala que, simplificando las cosas, se podría hablar de cuatro cambios fundamentales en la tecnología de la información desde que los humanos aprendieron a hablar. El primero, cerca del año 4.000 a. C. cuando aprendieron a escribir (la escritura alfabética se remonta al año 1.000 a. C.); el segundo, con el codex, al comienzo de la era cristiana, que transformó la experiencia de la lectura; luego, la invención de la imprenta con tipos móviles en el siglo XV, que permitió el crecimiento cada vez mayor del público lector; el último gran cambio, la comunicación electrónica y la internet es muy reciente: fines del siglo XX.
Tras una distinguida carrera como historiador en la Universidad de Princeton, Darnton es, desde 2007, profesor y director de la red de bibliotecas de Harvard. En esa condición le tocó participar en dos importantes eventos: el proyecto Google Book Search y el movimiento de libre acceso (esto es que los artículos académicos de los profesores de Harvard estén disponibles en internet y sin costo). Como historiador de la Ilustración, a Darnton le atrajo la idea de una República de las Letras accesible a todos, que el proyecto Google parecía implicar, pero luego se ha mostrado como un decidido crítico del mismo, no sólo por la idea de la eventual suplantación en formato digital, sino porque significaría un monopolio que podría tender a favorecer las ganancias privadas a expensas del bien público. Según él, la misión comercial oculta de Google se demostró cuando anunció, en octubre de 2008, que había llegado a un acuerdo con un grupo de autores y editores que lo estaban demandando por una infracción de derechos de autor. El acuerdo creó un mecanismo complejo para compartir las ganancias que generaría el vender el acceso a la base de datos de Google, en que las bibliotecas —que habían prestado sus libros— deberían pagar una suscripción institucional.

Girar y hacer clic
Cuando intenta prever el futuro, Darnton mira hacia el pasado. Así, en un ensayo de 1999 demuestra la hiperinflación artificial del precio de las revistas académicas; en otro, de 2001, recuerda que la idea de cambiar el formato de papel ya ha fracasado antes: entre las décadas de 1950 y 1980, el reemplazo de millones de libros y diarios por microfilm terminó en grandes pérdidas, pues el nuevo formato no duraba mucho y una serie de defectos lo tornaba ilegible. Pero está lejos de desdeñar lo digital: “Como quiera que sea el futuro, será digital, y el presente es un tiempo de transición en el que los modos de comunicación impresos y digitales coexisten”.
En algún momento Eco menciona que las generaciones anteriores adquirieron gestos como girar una llave, pero las actuales simplemente pulsan o hacen clic. Darnton también refiere la diferencia entre jóvenes y mayores: “Las antiguas generaciones aprendieron a ajustar los diales girando perillas; las nuevas generaciones apretando interruptores” en máquinas. Pero confirma que la máquina más antigua de todas, el codex, sigue dominando el mercado de la lectura y un medio no desplaza a otro, al menos en el corto plazo. Ahoar bien, en una de las conversaciones de “Nadie acabará con los libros”, se preguntan, en caso de una desgracia, ¿qué libro rescataría de su biblioteca? Carrière menciona, manuscritos de Jarry, Breton y un libro de Lewis Carroll que contiene una carta. Eco, en cambio, afirma: “Tras haber hablado tan bien de los libros, déjeme decir que me llevaría mi disco duro externo de doscientas cincuenta gigas, que contiene todos mis escritos de los últimos treinta años”, aunque agrega que si aún tuviera la posibilidad, intentaría salvar alguno de sus libros antiguos, no necesariamente el más caro, sino el que más quiero”.
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